Pedro Malo, Grande de AEFLA

Rafael Lozano es el nuevo decano de la Facultad de Farmacia de la Complutense de Madrid y ha tenido a bien acoger a nuestra Asociación para el acto de recuerdo a Pedro Malo, uno de los grandes de AEFLA, que nos dejó a finales del pasado año de una forma demasiado precipitada.

El aula de grados completó su aforo. El 19 de mayo, el diario Sanifax había nombrado a Pedro Malo como figura del día y la difusión del acto realizada por el Colegio de Farmacéuticos de Madrid ayudó a llenar el elegante salón. Además, fueron muchos los amigos de Pedro Malo que quisieron sumarse a este merecido reconocimiento para un hombre que ayudó siempre a la Asociación en los más variados terrenos.

Participaron en este homenaje los presidentes del Colegio de Farmacéuticos de Madrid, Alberto García Romero, y de AEFLA, José Félix Olalla, el catedrático de Historia de la Farmacia, Javier Puerto, José Vélez, que trabajó durante años con Pedro Malo y, con unas breves intervenciones, Álvaro Domínguez y Enrique Granda. El colofón festivo, muy apropiado para el carácter alegre y siempre jovial de Pedro, lo puso la Tuna de Farmacia, una institución fundada por él mismo durante su dilatada permanencia en las aulas universitarias.

García Romero señaló, como característica esencial de Pedro Malo, que había permanecido enamorado de la farmacia desde su entrada en la Facultad y que había demostrado el mantenimiento de la misma pasión durante más de sesenta años. Olalla quiso condensar la personalidad de Malo recordando el humor proporcionado en todos sus escritos, con la rara habilidad de no herir a nadie. Entre los pensamientos del homenajeado ensalzó su ilusión por vivir siempre el presente, sin obsesionarse con lo que podría haber sido un pasado diferente o proyectar todas las expectativas hacia un futuro que todavía ha de llegar.

Javier Puerto hizo un extraordinario canto a la amistad buscando similitudes y contrastes imposibles para explicar su sintonía con un Pedro Malo boticario, conservador, católico y tertuliano. Intuyó que, en algún momento, ambos podrían haber trabajado en equipo para la investigación conjunta sobre medicamentos mágicos y las conclusiones habrían resultado espectaculares. También las adhesiones de Aurora Sánchez Sousa o Pedro Caballero que, desde Sevilla, hizo sonreír a todos los presentes con la conocida aportación de Pedro Malo al control gastronómico mediante el análisis corbatográfico.

Álvaro Domínguez, señaló el éxito universitario alcanzado por nuestro personaje y se atrevió a entonar algunos ripios de su famosa Química Musical, chuleta magistral ideada por Malo para garantizar el aprobado de la marcha analítica, proporcionando más de un disgusto a los profesores de la época. Su paso posterior por laboratorios Juste y el hallazgo de Marisol, la mujer de su vida, elevaron la emotividad de los sentimientos por unos minutos

Por último, Vélez inició su intervención hablando del eficiente papel, silencioso y leal, desempeñado durante muchos años por Pedro Malo en el seno de AEFLA y en el funcionamiento de Pliegos de Rebotica, con expresa renuncia a cualquier protagonismo. Después, fue recorriendo, con ilustrativas y simpáticas anécdotas, algunos de los rasgos de este maestro del periodismo farmacéutico y culminó su intervención con un recuerdo especial para la última carta de don Duodécimo, escrita para el farmacéutico de diciembre del 2007.

TU AMIGO SE DESPIDE

Querido colega: Llegó la hora de decirte adiós, después de haber estado contigo desde 1972, es decir, cuando Don Duodécimo Edicione nació en “ EL MONITOR DE LA FARMACIA “ hace treinta y seis años; teniendo en cuenta que a los personajes de ficción, como a los perros, se les calcula la edad multiplicando por siete la humana, resulta que servidor, con 36 años de existencia cumple 252 sobre el papel, edad mas que suficiente para descansar tras las 385 Cartas que te ha escrito, las mayoría alegres y optimistas, algunas mordiendo a quienes nos atacaban, pero siempre intentando poner una miaja de humor en tu vida profesional rodeada de asechanzas e incomprensiones. (…)

Es lógico que lo que nace muera, desechando tentadoras resurrecciones de un personaje cuando quien lo creó tiene demasiados años para mantenerlo. Acato las leyes naturales, conforme y agradecido por mantenerme aún lúcido y con la esperanza en Dios de volver a encontrarte tras pasar el sombrío muro que a todos nos aguarda. Y ahora recibe el último abrazo de este colega y amigo que siempre te llevará en su alma.

Duodécimo

Pedro Malo y la amistad

A la amistad la tengo por una de las manifestaciones más perfectas del amor entre los humanos. Los amigos, cuando lo son en la madurez, no se exigen; no tienen expectativas, materiales o espirituales, con respecto al otro o a la otra; ni siquiera necesitan de su trato frecuente para sentirse amigos: han conocido el imperativo de la soledad, necesario para ser maduro. Son como viajeros de trenes entrecruzados por azar, ora en un túnel, ora en medio de la meseta, a veces junto al mar. Se ven por la ventanilla mientras se alejan apresurados; si hay una parada, conversan amigablemente en el andén y siguen sus caminos, muchas veces divergentes. Cuando se cruzan o conversan, siempre lo hacen con una sonrisa de felicidad en los labios. Los amigos, como los amantes, lo son porque sí; por una de esas casualidades cósmicas, permanentemente dirigidas por la ley del azar. Podrían haberse ignorado; en circunstancias distintas tal vez serían enemigos o no se habrían encontrado jamás y… sin embargo… son amigos.

Mi amigo Pedro Malo era un hombre extremadamente sentimental. A uno, aunque le cueste reconocerlo, le pasa lo mismo. Mi amigo Pedro Malo amaba la escritura; yo también. Mi amigo Pedro Malo era boticario; yo también, aunque más de letras que él al carecer de botica. Mi amigo Pedro Malo era tradicionalista; desde mi posición de amante de la Historia, yo también lo soy. Mi amigo Pedro Malo era políticamente conservador; yo nunca he sido partidario de los hunos (con la h del nombre de los bárbaros dirigidos por Atila) y los otros hace tiempo que no sé dónde pueden esconderse. Mi amigo Pedro Malo era un hombre religioso; yo también. Mi amigo Pedro Malo era católico, apostólico y romano; uno, como Cioran, no posee la fortuna de la gracia. Mi amigo Pedro Malo era un hombre, en el mejor sentido de la palabra, bueno. Uno, cuando se miraba con los ojos de Pedro, también se creía tal. En la realidad… ¿quién sabe?

La amistad, sin embargo, no es cuestión de listas de concordancias y divergencias; es un sentimiento mágico que brota con una mirada, con una risa, con la admiración hacia alguna de las actividades del otro o de sus posturas intelectuales y luego, sin saber cómo, te sientes a su lado en compañía, lees sus artículos como si fueran de tu hermano, disculpas sus intemperancias como propias, esperas sus palabras de aliento y las necesitas como necesitaste en su día otras y acaso te fueron negadas. Un amigo es siempre generoso porque ni te debe nada, ni nada le debes, ni esperáis nada el uno del otro. La amistad se fragua en la nada material y el confort espiritual. Por eso, cuando muere un amigo, un pedacito de tu sombra se torna opaco en el espejo y tu reserva de esperanza disminuye imperceptiblemente. Estamos preparados para la muerte de los padres, al fin y al cabo es ley de vida. Somos animales superiores destinados a un final oscuro, pero nadie nos prepara para la desaparición de un amigo, aunque las edades de uno y otro sean disparejas.

El homenaje a Pedro debe ser el homenaje a la amistad, que no sólo es mágica. También precisa de una cierta predisposición del ánimo. Debe creerse en los seres humanos, en sus posibilidades, en sus virtudes y debe uno conocer las debilidades propias y las de los demás. De otra manera no se pueden tener amigos. Sin tolerancia sólo son posibles las relaciones entre amos y lacayos, entre caciques y clientes o entre narcisistas, encantados de conocerse y verse reflejados en otros narcisos. Para la verdadera amistad son imprescindibles, la buena voluntad, la tolerancia, la humildad y el respeto a la propia soledad y a la de los otros.

Pedro era un hombre repleto de buena voluntad, profundamente tolerante, pese a sus profundas convicciones y a sus apasionados ataques contra quienes consideraba enemigos de la profesión farmacéutica y una persona humilde, a pesar de sus logros personales y profesionales, más aún a causa de los mismos. Por eso tenía tantos amigos. Por eso personas tan diferentes nos sentíamos con él como en nuestra propia casa, como en familia. A Pedro, uno, nada le debe y nada me debía él, siempre tan generoso conmigo, por eso mismo le debo, le debemos sus amigos, tanto.

El homenaje a Pedro ha de ser también al buen humor. Él siempre valoraba mucho esa faceta mía, pero yo no soy un humorista como él; simplemente empleo mucho el recurso de la ironía para con los demás y para conmigo mismo y sólo quienes son tan inteligentes como lo era él, o me quieren tanto, saben apreciarlo.

Le conté, hace años, mis trabajos sobre medicamentos mágicos. Me miró y me dijo:

- Estoy preparando algo para una conferencia en el Ateneo.

Nos proporcionó una hora desternillante.

Lamento que no pueda leer el libro salido de mi investigación. Lo volvería del revés y nos tiraríamos por el suelo de risa.

¿Quién puede olvidar su parodia del león afeminado por culpa de una dieta vegetariana? ¿Quién la de sí mismo preparando una pomada para las almorranas y equivocándose levemente con el mentol, con lo cual el paciente acabó refrescándose el trasero en la fuente del pueblo? ¿Quién de las múltiples y magníficas crónicas costumbristas de Quesada?

Uno de los últimos días que nos vimos me preguntó:
- Oye, Javier, ¿Tú sabes porqué no se lavaban antiguamente en España?
Sus preguntas, muy a menudo, eran así de originales. No me causó sorpresa porque andaba liado con la Historia de la Farmacia que se publicó en el libro de imágenes de COFARES.
- Sí, -le contesté- hay un verso que lo explica, pero no me acuerdo bien. En cuanto te vuelva a ver te lo digo. No tuve ocasión de hacerlo y ahora reparo esa omisión.
Se trata de una de las respuestas del libro, Las cuatrocientas preguntas que el Ilmo. Sr. D. Fadrique Enrique, Almirante de Castilla, y otras personas en diversas veces enviaron a preguntar al autor, que no quiso ser nombrado (Valladolid, 1545)

“Dice la pregunta:/solían usar en Castilla/los señores tener baños/ que mil dolencias y daños/curaban a maravilla;/y pues hay tan pocos dellos/ y pocos vemos tenellos/ quería de vos saber/si por salud o placer/ es pecado entrar en ellos./La respuesta:/ solían siempre hacellos/ en ciudades principales/y por bienes comunales/guardallos y sostenellos/los sanos se recreaban/ y los dolientes sanaban,/y otros bienes muchos más/que dice Santo Tomás/que en los baños se encontraban/más también hay grandes males/que del mucho uso resultan,/que los que en ellos se juntan/ hacen pecados mortales (…)/y por quitar esos daños/fue provechoso y honesto/que el Rey Don Alfonso el sexto/hizo destruir los baños/ que los baños pueden ser/al enfermo beneficio,/más quien los toma por vicio/tórnase medio mujer./Y el que así vive al revés,/sin parar mientes quien es,/es como hombre de manteca,/que mejor lo está la rueca/que la lanza ni el arnés.

¿Se imaginan ustedes lo que hubiera hecho Pedro con estos clásicos versitos? Sólo de pensarlo me entra la risa.

Para Marisol, el amor de su vida, su compañera incansable y perpetua, acaso le sea difícil soslayar el recuerdo de las cuestiones personales íntimas, del trato cotidiano. Los demás, deberíamos recordar a Pedro, al amigo, al hombre culto, al boticario comprometido, al hombre bueno, al personaje tolerante, amable, humilde, acogedor y, cómo no, a uno de los escritores farmacéuticos gracias al cual más hemos sonreído y reído a carcajadas a lo largo de estos últimos años.

La resonancia de nuestra amistad, de nuestras risas compartidas, el recuerdo de su inmensa calidad humana, acaso sirva para recomponer la esperanza.

Javier Puerto