ROSAS BLANCAS DE ADIOSES PARA PEDRO MALO

Nunca bebí en un cántaro tan noble,
agua tan fresca, vino tan alegre,
como el de sus palabras de oro hablado,
de ruiseñor en paz,
de viento jubiloso.

Era como un cercano festival
de sonrisas en flor, de anécdotas azules
y su amistad ardía como un fuego,
si alguien hablaba de la noche.

Siempre su corazón estaba atento
para alejar cualquier melancolía,
cualquier conversación acusadora,
o de una envidia oculta.

Cuando escribía, entre las teclas
de su ordenador, le nacían pétalos
de humorismo, frases oliendo a mosto
o a romero.

Nunca faltó su abrazo escrito
a un compañero
que obtuviera algún triunfo, algún aplauso;
siempre tenía la ocurrencia oportuna,
la flor más adecuada,
el mar de su amistad, de sus palabras
que todo lo invadían.

Y si algún compañero, algún amigo,
se despedía para siempre,
dejando una sonrisa farmacéutica,
un vendaval de adioses,
su pluma le lloraba, sin lágrimas,
sembrando su recuerdo
de un consuelo con alas de esperanza
de ser ya para siempre.

Nunca bebí en un cántaro más noble,
agua tan fresca, vino más alegre..

Pero también era de barro,
también se nos rompió su arcilla hermosa,
dejándonos un río de nostalgias azules,
dejándonos
un recuerdo de lirios y palomas.

José María FERNANDEZ NIETO