¿COMO INFLUYE EL TENDIDO EN LA FIESTA DE LOS TOROS?

Por Agustina González Cabezas

En el siglo XII nació en España una Fiesta, con sus partidarios y detractores, reconocida como “Fiesta Nacional”, me refiero a las corridas de toros.
El toro es el animal por excelencia que participa en esta Fiesta, debiendo saber que no solo existen festejos en los que se lidien a pie por los toreros: corridas de toros, novilladas con picadores o novilladas sin picadores; si no que existen otros tipos de festejos como son: el rejoneo (toreo a caballo) donde el caballo montado por un jinete, realiza los engaños que en el toreo a pie realiza el torero con los distintos trebejos que se emplean en la lidia. Además existen otros festejos como concursos de recortes que también gozan de sus seguidores y festejos cómicos que quizás no les demos la importancia que los mismos se merecen y seguramente sean la mejor escuela de nuevos aficionados.
Portugal, Francia y muchos países Hispanoamericanos recogen el testimonio de España con su afición, y se hacen partícipes de la Fiesta defendiéndola ante los distintos sectores que día a día, la intentan devaluar.
De hecho en los distintos festejos en los que se realiza la lidia a pie participan distintos personajes como son: picadores, banderilleros, mozos de espadas, alguacilillos, monosabios, areneros, mulilleros y por descontado los matadores de toros, novilleros con y sin picadores y rejoneadores. A todos ellos los podemos considerar como los protagonistas de los espectáculos taurinos.
Sería ingrato olvidarse de esos espectadores que asisten a la fiesta y conforman el tendido sobre los que vamos a enjuiciar su afición y comportamiento.
La Tauromaquia este vocablo griego, se transmitió desde el continente europeo a los pueblos de América dándose a conocer en todo lo referente al arte del toreo.
Un eslabón importante en el mundo del toro y además de una singular originalidad, es la asistencia de turistas al tendido, son personas que respetan y admiran esta Fiesta con más rigor incluso que nuestros aficionados, la plaza de toros es por tanto el nexo común de comunidades y grupos de distintas etnias, religiones y culturas, donde existe respeto y a la vez amistades compartidas.

La salida del toro, es emotiva, cuando el torilero con todas sus galas descorre el cerrojo e invita a salir al animal, el tendido está pendiente de su integridad y  bravura valorando su trapío. Esta apreciación se lleva a cabo con admiración y entusiasmo, o bien, si observa cierta mansedumbre, el desencanto de los aficionados es tal que lo manifiestan mediante silbidos y protestas.
En muchos foros taurinos se oye la siguiente frase: “El trapío del toro está en relación a la categoría de la plaza”, puede ser lógica pero no para los sufridos aficionados que con el pago de su entrada quieren ver un espectáculo íntegro y que los animales que saltan al ruedo no tengan merma alguna, pues en todas las plazas de toros para asistir a los festejos hay que pasar previamente por taquilla, independientemente de que la plaza sea de tal o cual categoría. Hay que tener en cuenta que muchos de los aficionados que asisten a las plazas de toros son de los considerados “toristas”, y miran con lupa el trapío de cada animal que sale de toriles y que previamente ha pasado un reconocimiento de aptitud para la lidia, efectuado por los veterinarios que actúan en dicha plaza.
En el momento en que el animal sale del toril y echa su mirada al tendido los espectadores intuyen, claro está, por su asistencia a las multitudinarias ferias, como va a ser la lidia de ese animal.
El tendido de una plaza de toros se divide en: barrera, contrabarrera, tendidos y gradas; y todos van a estar ocupadas por un público de lo más variopinto y singular. El buen aficionado sabe que si el toro galopa de forma abierta indica que la lidia se inicia a lo lejos, al contrario, cuando el animal se arranca con un galope irregular hace pensar que el torero lo va a citar desde muy corto; en consecuencia dependiendo de la observancia del toro el espectador interpretará la lidia.


Capote y muleta son para el torero,
divisa y banderillas para el animal
puro y pañuelo son del aficionado,
trastos de ensueño para no olvidar.

No solo el toro es observado sino que también el animal agudiza los sentidos y nota el alboroto, el silencio, la algarabía, la música, los silbidos, advierte la lluvia, el calor, etc…, todos estos acontecimientos influyen en la reacción del animal que se comporta ante el torero y el tendido de distintas formas.
En la plaza hay un público que aboga por los animales (toros), son los toristas que le dan una gran importancia a la presentación de los mismos, fijándose en su bravura y fiereza, a la misma vez que se centran en las características zootécnicas del animal y si las mismas coinciden con las propias de su encaste. Estos aficionados necesitan ver un buen trapío del animal así como que sus cuernos estén íntegros, en definitiva, que sean de su agrado. En caso de que así no sea, comienzan con las protestas que se van contagiando por los distintos tendidos incluso en los ocupados por espectadores que no han visto una corrida de toros en su vida.  De igual forma se fijan bastante en el peso del animal reflejado en la tablilla.
Se oyen diversos y contradictorios comentarios: - es de capa anteada y astifino, - creo que más bien es alunarado y corto de cornamenta, - la cabeza es muy chata y además fíjate como mete la cara. La figura del toro eclipsa la del torero, aunque la mayoría de las opiniones coinciden respecto a la embestida, - mira como echa la cara abajo, fijándose en el engaño y con un trapío bestial.
Desde el tendido, el espectador mira al toro con minuciosidad observando hasta el más mínimo detalle: los movimientos del animal, la mirada etc., encendiendo el duende taurino de un público que ama al toro fervorosamante. 


Si por mí fuera, allí moriría sentada…
viendo el valor del maestro,
ese que a mí me falta.

Además de los partidarios del toro están los adeptos de los toreros, estos aficionados cuando entran a la plaza, la mayoría lleva en sus manos el programa taurino del espectáculo de ese día que es, casi obligado ojear antes y hasta que el público va ocupando sus localidades. En el programa se hace la presentación de la terna y  en hoja  a parte se hace mención de los animales que se van a lidiar así como las capas de los mismos y sus pesos. A este tipo de espectadores no le importa lo más mínimo el toro, solo tiene ojos para el torero, que si está haciendo una buena temporada o es un gran maestro, sus grandes y pequeños méritos en la lidia son elocuentemente reconocidos por esta clase de aficionados.
A la derecha del tendido alto, tenemos una peña torerista que aplaude a rabiar a su torero, que brinda su faena al público presente en la plaza. Estos aficionados solo tienen ojos para su matador, que prepara el terreno y empieza a medir la distancia para que cuaje la faena y corte el mayor número de trofeos.
Sus movimientos son vitoreados con un grado de euforia que en ocasiones rozan la vulgaridad. Esta peña torerista contrasta con la torista que ocupa sus localidades en la grada de sol, que pitan al animal por su mansedumbre y cojera.
Aplausos y oles para el toro bravo y con raza,
silencios y pitidos para el toro soberbio en el campo, pero iluso en la plaza…

Cuando el torero recibe al animal a porta gayola los aplausos se suceden, comenzando el matador a emborrachar de verónicas al toro que echa la cabeza arriba, después le endosa una serie de chicuelinas que hacen que el público se levante de sus asientos. Cuando el torero coge la muleta con la mano izquierda da una serie de naturales cargando la suerte, quebrando su cintura, con un fervor taurino que emociona al grito de un clamoroso…olé.
 El alma del torero, toro y del aficionado son una sola,  el torero se arrima despacio rozando la taleguilla, temiendo descubrirse y que el toro lo coja por el pitón derecho. El  torero siente el calor de ese público que lo anima y le da el suficiente valor para enterrar el estoque y cortar los máximos triunfos que le van a pedir los aficionados.
En esta fiesta taurina, tradicional y popular, dónde la admiración puede más que la crítica, surge un tercer espectador que no está a favor ni del toro ni del torero, que se contagia del arte del toreo siempre que esté bien hecho. Es ahora  cuando el tendido adquiere su mayor grandeza; es cuando el coso se ilumina y el redondel aúna las miradas, los latidos, las emociones y ya no hay toristas ni toreristas, sino un público con el alma puesta en el calor de la lidia, con ese embrujo que embelesa y  engancha.

Machos reflejados en el tendido
flashes en el redondel,
son luces que a mitad de la tarde
en el coso se suelen ver.

No siempre las corridas de toros se lidian con una temperatura ideal. La meteorología va influir en el tendido y por supuesto en lo que suceda en el ruedo; el toro y el torero perciben la lluvia, el calor bochornoso, asfixiante, húmedo o seco y en definitiva tanto uno como otro van a gozar y sufrir las inclemencias del tiempo. En este último caso los abanicos llenan gradas y tendidos, con sus aleteos de colores que le dan un toque original a la plaza.
En muchas ocasiones la faena taurina se alarga bien porque se prolongue el último tercio o bien por alguna otra circunstancia que haga que la lidia de ese animal se demore, y para que el aficionado se sienta cómodo en su incómodo asiento (con almohadilla incluida), tiene que profesar  un amor ejemplar por la fiesta.

Me levanto pensando en el campo
toros, toreros, alegría y plaza
y en la gente que disfruta,
en el coso sentada.

Hay muchos personajes típicos que pueblan los tendidos, como ese hombre ágil y vigoroso cargado con su cubo pesado de refrescos y que en épocas de calor cuando se acerca por las localidades, cae como “agua de mayo”. El  público se hace partícipe de sus latas, pasándolas de unas localidades a otras, haciendo de intermediarios. 
Un elemento esencial en la fiesta de los toros, son las peñas taurinas que ejercen un importante papel en el tendido ya que dinamizan y mantienen en alza a la fiesta. El fin de las mismas es propagar, impulsar y realzar la fiesta de los toros.

Ese “Venga” de uno…
Ese “Bien” de otro…
Y ese “Olé” de aquel…
Son expresiones del tendido,
que no se pueden perder.

Existe otro público en las plazas de toros del que hasta ahora no hemos mencionado nada y que suele llenar más de media plaza, me refiero al aficionado conformista y dicharachero que va a las corridas de toro porque es feria o la festividad del patrón de su localidad y en estas ocasiones desea que lo vean, para hacerse notar. A este tipo de espectador le da igual unos toreros que otros, o unos toros que otros, lo importante para ellos es que haya espectáculo.
Es una pena que se degrade hasta ese límite la “Fiesta Nacional” por esa falta de opiniones, esa dejadez a la hora de que el público sea consultado y sea  protagonista también de la misma. Muchas veces he llegado a preguntar ¿quién torea? y no han sabido contestarme y menos aún decirme la terna completa, solo van a ver los toros por masticar el espectáculo sin saborear esa magia que es la lucha entregada del torero y el toro. Este tipo de público no hay que olvidarlo pues es bastante abundante en plazas de segunda y tercera categoría, y no distinguen lo que es un trincherazo de un natural.
¿Cuánto ganarían las corridas de toros si las plazas, mejorasen sus infraestructuras e hiciesen más cómoda la estancia  de los espectadores mientras dura el festejo?.
¿Cuánta más gente iría a las plazas, si la administración se ocupara un poco de contribuir a que la tauromaquia no decayera.?. Tendría que ayudar a que no se perdiera la ilusión de muchos aficionados, que han visto como se va devaluando por unas u otras circunstancias las corridas de toros.
Un lugar fundamental en el tendido lo ocupan los músicos, uniformados, con sus leales instrumentos; mirando sumisamente al director que decide cuando comienza a sonar el pasodoble según sea de meritoria y lucida la faena del torero. Hay plazas en las que el director se erige como mandamás de la faena dejando a un lado al presidente del festejo e influyendo de manera más o menos picaresca en la reacción del tendido, pues si el torero es de su agrado le tocará la música y si no lo es,  no le tocará ni una sola nota, y claro está, el tendido, reaccionará de una manera u otra a la hora de solicitar los trofeos para el matador.  
La  presencia de la música a parte de amenizar las faenas, sirve para indicar los cambios de tercio en aquellas plazas de toros en las que no existan clarines y timbales.
Cuando la música comienza a sonar, se inicia un baile entre el matador y el toro, la afición se anima y se vitorea la faena.


Sonaban clarines y timbales
al son de palmas en el tendido,
al mismo tiempo que se arroja
el pañuelo blanco al balconcillo.

Después del tercer toro, el tendido ceremonioso utiliza varios minutos para merendar. Este ritual es distinto según las plazas, en muchas de ellas de ellas se degustan los dulces típicos de la zona y en otras muchas de la costa mediterránea comienzan con alimentos salados y terminan con dulces artesanos que se venden en las fiestas populares de esos días. En ese tiempo que dura la merienda, se entablan conversaciones y se comenta la lidia entre unos y otros aficionados; el tendido se une de forma amigable, cálida, y entrañable; personas de distintas edades y condición social se funden en una bonita historia donde la soledad queda a un lado y todo se comparte: comida, bebida, opiniones etc…
Incluso al estar al aire libre se es más benévolo, disculpando al señor que se fuma un puro. Hoy es día de fiesta y hay que ser tolerante, pues la magia de la plaza con sus colores, olores y sentimientos, nos deja volar como el humo… que sube al cielo.

Una tarde al sol del gallinero
un hombre me decía…
¡Qué sacrificio hago viniendo!
pero prefiero ser austero en la comida
y llenar mi corazón por dentro.

Me llamó enormemente la atención durante la lidia, en el tercio de picar, como el toro miraba al caballo y cuando lo ponían en suerte y el picador lo llamaba levantándole la vara se arrancaba hacia él para entrarle de cara, esperando el encuentro “el caballo” con los ojos tapados. En el intento, el toro embiste al caballo, enfajado en su peto de color blanco y ribetes azules; es en ese mismo instante es cuando comienzan a oírse abucheos y silbidos como si la plaza sintiera el puyazo en carne propia. Dudo si lo hacen por abogar porque la suerte de picar se ejecute dignamente y sin engaños, o si lo hacen para infravalorar la bravura del toro.
Cuando todo parece acabar, el toro, vuelve de nuevo al caballo ante la consabida llamada del picador, lo que conlleva una gran pitada del tendido. Así, hasta que se cambia el tercio y el picador dirige el caballo hacia fuera del ruedo.
Los toros son para muchos de los personajes de la prensa del corazón, un trampolín para hacerse publicidad, siendo aficionados de insignificancia manifiesta que solo están pendientes de su físico o de que algún periodista los entreviste delante de  las cámaras de televisión.
Hoy en día se está haciendo un gran esfuerzo periodístico. Los trabajos en revistas, internet y en corridas televisadas se realizan con rigor; la retransmisión se hace desde el tendido con calidad y hondura, marcando la faceta no solo taurina sino también la humana que se aprecia en la plaza. Solo empaña dicho buen hacer, el intrusismo que como en tantas otras profesiones se manifiesta siendo el enemigo de la profesión y de la fiesta.
Este personal cualificado hace una información de vanguardia, atrayendo a esos aficionados que suspiran por el espectáculo y su belleza.
Los auténticos aficionados: artistas, actores, músicos, escultores, pintores, etc…, aprovechan las corridas de toros para inspirarse en sus trabajos, eso le ocurrió a Picasso como pintor y a Miguel Hernández como escritor.
El maestro Antoñete, ha sido uno de los muchos personajes que han dejado huella en el mundo de los toros al expresar: “que cuando se encontraba con un animal con el que se sentía feliz toreándolo, gozaba intensamente”, por eso la unión y compenetración en la lidia influyen en la obra del verdadero artista, que refleja con elegancia la gloria del toreo.
El público que puebla los tendidos, ama entrañablemente la fiesta de los toros y este es uno de los motivos que me animan a volver de nuevo a la plaza, aunque la corrida no haya sido del todo lo buena que esperaba.
Da alegría sentir: sutiles reojos, miradas cómplices, guiños acertados, aplausos sonoros, palmas dolorosas…todo son detalles, “ la Fiesta es así”. Esos pequeños gestos…gestos que haces que necesites, volver e repetir…volver a repetir una tarde que tu memoria recuerde y te haga feliz. 
Apreciar el valor del torero, arrimándose y atemperando al toro que busca sereno el engaño, rozándolo con sus pitones cada vez que el matador lo adormece con la franela, ademanes que el aficionado observa. La reciprocidad de entrega del toro y el torero alcanza un misterioso culmen salpicado de lucha, peligro y muerte abrazando el caliente albero.


El torero ama, cuando mira al animal…
El torero ama, cuando roza al animal…
  El torero siente, cuando templa al animal…
El torero muere, cuando sangra el animal…

De esta unión, la plaza surge viva y gloriosa: “aplaude, grita, enarbola sus sentimientos, y mirando la arena del ruedo, corta los triunfos,… alcanzando el cielo”.
Hay un público que puebla los tendidos de las plazas de toros cuando el espectáculo que se anuncia es de rejoneo. Este arte taurino, tiene muchos aficionados que son más amantes de los caballos que de los toros.
En este caso el jinete es el que manda y templa al toro con el caballo que sería como templar con la muleta en la lidia a pie. El toro va a recibir rejones de castigo, banderillas y rejón de muerte.
El arte del rejoneo consiste en templar las embestidas del toro con el caballo, dando giros en redondo hacia la derecha y hacia la izquierda hasta dominar al animal, toreándolo con la cola, creando un espectáculo explosivo y clamoroso.
El rejoneador suele cambiar hasta tres  veces de caballo, teniendo siempre una cuadra de caballos ágiles y entrenados para el rejoneo, que los engalana el día del festejo para que  se sientan más importantes cuando galopen y troten, y así realizar las distintas suertes durante la lidia. Es  maravilloso ver como estos animales cargan la suerte en corto, dando el costado y rematando por los adentros.
Los espectadores que acuden a este tipo de festejos se comportan de distinta forma que los que acuden a las corridas de toros de lidia a pie. Sus rostros reflejan una devoción entusiasta por los caballos y se maravillan de su poderío, sin tener en cuenta si el toro es o no bravo.
Quiero hacer una reflexión sobre la influencia que ejerce el tendido sobre la presidencia, pues en plazas de primera y segunda categoría muchos de los aficionados se preguntan si los que componen la presidencia, son los más adecuados o no. Se hacen esta pregunta por una sencilla razón, porque están hartos de que le tomen el pelo, después de  pasar por taquilla y pagar la entrada para ver un espectáculo que dista mucho de lo que ellos esperaban.
Y si esto ocurre en plazas de primera y segunda categoría ya se pueden imaginar lo que ocurre en plazas de tercera donde el presidente además, es el organizador de los festejos (cuando los organizan los ayuntamientos), y existe muy poca ética a la hora de defender a los espectadores.
Creo que el tendido no tiene la influencia que en si debería tener sobre las presidencias pues si estas han realizado sus funciones mal, no deberían actuar más, hasta que no aprendan a escuchar a la afición, y no hacerse los prepotentes ante las insistentes protestas que puedan ocasionar por motivo de su actuación. En definitiva creo que el tendido, tiene poca influencia en las acciones de la presidencia, máxime cuando los que la integran, parecen tener el don de la infalibilidad y sapiencia.

Ese pañuelo verde
que al toro devuelve al corral,
lo ha sacado el presidente,
después del abucheo de la gente
que al ruedo hace temblar.

No puedo olvidarme, del aficionado frío y distante que llena gradas y tendido, camuflado por la multitud bulliciosa y apasionada. Me entristece ver a estos individuos que apenas se mueven de su localidad sin sopesar la faena, sin aportar nada a la fiesta. Lo mismo entran a la plaza que salen de ella. Sus comentarios son escasos y vacíos, sin sentir la profundidad de la lidia. Yo los llamaría malos aficionados que emborronan con su triste tedio al tendido y no lo contagian de entusiasmo.
Siento aversión total por estos personajes, distantes y altivos, que reconociendo las buenas faenas, no les hierve la sangre para exclamar un solo, olé…
Solo me resta decir que los compadezco,  si no se mojan con la grandeza de la tarde, de la embestidas, de la música, de la raza, de la pasión, de la bravura, se ahogan en sus propias y silenciosas opiniones. Jamás tienen nada que dar,  por pudor, o porque creen que van a descargar toda su sabiduría en el tendido y quieren pasar desapercibidos con sus conocimientos o su ignorancia.
Pero no puedo dejar pasar a esos aficionados, que sin ser del todo entendidos, beben la gloria de la fiesta. No le importa si les da el sol, si están más o menos apretados o, si hace frío o comienza a caer la lluvia. Jamás se quejan, el pase dado con valentía lo aclaman, piden música para ese torero que se arrima y acaricia al toro con su fino cuerpo. Me gusta éste tipo de aficionados que viven la fiesta a su manera, pero la viven que no es poco y hacen que nos sintamos,  ilusionados y enamorados con las corridas de toros.
Este público, es el que llena las plazas,  tal vez no sea un experto taurino pero la fiesta se debe a él. La  plaza lo necesita y en cada feria va aprendiendo un poquito más de la lidia. Las corridas de toros no existirían sin él.


El tendido es crítico y halagador
con la venia del presidente,
y el arte del matador.

Dentro del festejo taurino, no podemos obviar el espectáculo que se lleva a cabo con fines benéficos, dónde el público y profesionales acuden deseosos de ayudar económica y moralmente a una determinada causa. El torero se entrega de corazón y arriesga su suerte en la empresa.
La plaza se tañe con pasodobles de hermandad y humanismo, disipando diferencias y perdonando los inadecuados trances de la lidia. Los toreros se azaran con valentía y generosidad, el público emocionado y cómplice aplaude el festejo.
El festival taurino, nombre popular por el que ésta fiesta es conocida, encuentra un calor abnegado, desinteresado y humilde en dónde ese triángulo de lados perfectos: toro, público y torero, lo dan todo, saliendo a hombros lo mejor de cada uno.


Lucha toro conmigo, en el albero melocotón…
Demos la roja sangre a otro herido corazón…
Lucha toro conmigo, en el albero melocotón.

Ante todo y amando como amo a ésta fiesta tengo obligadamente que hablar, de ese aficionado que quiere y se enloquece con el toro desde su encierro en el toril. El buen taurino está deseoso de ver un toro entero y bravo, fajado y chato, alegrando el abarrotado redondel. Arremete con su embestida al diestro, que luce de grana y oro ante un coso entregado. El torero cita al toro en corto y carga la suerte dando unos naturales que enganchan al tendido en una grandiosa ovación.
El público, abre sus palmas y abanicos, sintiendo en sus carnes el calor y la gloria de la lidia. El aficionado siente, sueña, ríe, grita, canta y aclama la gloria de la corrida. Los ojos de esos miles de buenos taurinos, vibran y tiemblan  allí dónde la vida y la muerte, luchan con pasión y amor, por ser vencedor y vencido.


Ven a mí, toro negro…
Y humíllame ante tu bravura.
El tendido pasa la muleta,
con lances de ceñida cintura.
Ven a mí, toro negro…
Y carga tu suerte a la mía,
tiñe de oro la arena,
con casta y maestría.
Ven a mí, toro negro…

La plaza no conoce el cansancio ante una buena lidia, los toreros salen a hombros y muchos de los aficionados se echan al ruedo deseosos de felicitar a sus toreros. El ruedo se levanta al unísono, sintiendo la sangre en la cara y cuerpo del maestro, que sonríe dando con su gesto afirmativo una y otra vez las gracias. La presidencia ésta vez no ha defraudado ni a los toreros ni a la afición. Algunas de las almohadillas, vuelan y mueren en el ruedo deseosas de vivir otra maravillosa tarde, porque todo en el coso, tiene vida propia: las maderas del callejón, el cerrojo de chiqueros, la montera, el capote, el botijo, el estoque, la muleta, los soleados sombreros, los agradecidos abanicos, los mantones de Manila, las madroñeras y hasta “tu muerte majestuosa, cobra vida”.


Te quedarás a mi vera aunque te arrastren en la arena,
En la soledad de la noche, te estrecharé en mi alma,
Embrujado por tu cuerpo, hechizado por tu mirada,
Bailaremos un  pasodoble en el ruedo de Granada.
Celos nos tendrán,…el Genil y la Alhambra.

Los aficionados bajan las escaleras del tendido felices con la gloriosa corrida; los toreros seguidos de sus cuadrillas se alegran de sus merecidos trofeos. El tendido suspira en la tarde calurosa que se ve aliviada por una brisa dulce que acaricia el albero, orgulloso, de ser el anfitrión dónde el torero y el toro…bailan lances de vida y muerte.
Todo se acaba, pero en mi mente todo comienza: los recuerdos se van sucediendo desde el primer paseíllo hasta la última vuelta al ruedo. El tendido mece sus dormidos sentimientos en esa tarde magistral, donde ha sido testigo predilecto de la “Fiesta Nacional”.

El frío silencio del redondel
busca las caras del tendido
que el aire ha desvanecido
y mañana…volverá a traer.