DISCURSO DE INGRESO DE JOSÉ FÉLIX OLALLA MARAÑÓN EN LA REAL ACADEMIA DE FARMACIA DE CATALUÑA

Excel·lentíssim senyor president, excel·lentíssims senyors acadèmics, estimats amics.

Arribo a aquesta casa amb veritable alegria i les primeres paraules que vull expressar son d’agraïment. La Reial Acadèmia de Farmàcia de Catalunya és una institució de gran prestigi en la nostra societat i mai hagués pensat que em sentiria honrat de pertànyer a ella.

A més en aquest any 2011 es compleixen cinc-cents anys de la primera farmacopea del mon feta per  farmacèutics, la Concordia apothecariorum Barchinone. Va representar una mostra del progrés de la farmàcia, una professió polivalent amb un contingut molt humanista i en aquesta casa sempre s’han custodiat els seus valors.

Esta es una hora en la que quiero recordar a mi padre, Claudio Olalla, que fue un farmacéutico ilustre que ejerció la profesión en varias modalidades; a mi madre y a mis hermanos que con él me dieron un espacio limpio para crecer; a mi mujer y a mis hijos que cada día saben renovar mi esperanza y mi compromiso con la vida; a mi tía Jacoba que me enseñó el sentido de los detalles y finalmente a los excelentísimos académicos – y aquí cada uno de sus nombres- a los que espero no defraudar en su generosa amistad y en la confianza que pusieron en mi andadura.

Se que l’agraïment es un ocell que canta en una branca al final de l’hivern. La seva melodia alegra a qui l’escolta i també a qui l’emet.

Gràcies per haver-me deixat compartir-la.

 

CIENCIA Y MANIFESTACIÓN LITERARIA; Una glosa a El canon de medicina.

 

La simple elección de un discurso nos marca el camino. No sin titubeos, para el ingreso como académico correspondiente he elegido lo más personal que podía ofrecer; un recorrido por un libro propio de poemas. Comprendo que la poesía es ya algo estrictamente subjetivo que pertenece a lo más íntimo de la conciencia y que, por otra parte, una opción así era la más arriesgada de todas. Esta oportunidad que la Academia me brinda podía haberse utilizado  de otra forma y haber repasado, incluso sin abandonar el enfoque de lo personal, alguna de las materias de una experiencia profesional en el campo de la farmacia que ya ha superado los treinta años.

La ciencia es una de las empresas más nobles del hombre y me pregunto qué manos son las que recogen sus hazañas. La narrativa lo ha hecho en infinidad de ocasiones e incluso hay un género paralelo, si bien espurio, el de la ciencia ficción, que figura entre los más populares de todos. Sin embargo, en poesía los ejemplos no son numerosos. Por definición casan mal con ella la objetividad y el escepticismo necesarios para emprender la tarea científica.

El llamado misterio de la poesía, de la manifestación estética que el autor tiene que buscar, ha sido estudiado por numerosos autores que han enunciado las leyes que junto con el ritmo convierten a un texto en expresivo. Entre otras muchas obras, puede citarse el trabajo de Bergson, La evolución creadora o el del propio Sartre en su ¿Qué es la literatura? Pero para simplificar me remito al trabajo clásico de Carlos Bousoño y a sus leyes de la poesía. Define el profesor y académico de la lengua asturiano hasta tres leyes de la expresión poética que me parece que pueden reducirse a dos para los efectos que aquí me interesan.

La primera es la que él llama ley intrínseca, o de modificación del lenguaje y la segunda es una ley extrínseca o del asentimiento intelectual al contenido que se nos propone.

La ley intrínseca parte de la modificación de la lengua como norma, para conseguir su individualización. Más concretamente; ocurre que la lengua como estereotipo no expresa el lado singular de las cosas y es necesario otorgarle algún grado de variación para que nos proporcione la ilusión de que se nos está comunicando un contenido anímico real y único tal como se produce en la percepción de quien lo experimenta. Se trata de procurar la impresión de que se convierte el lenguaje de todos en lenguaje particular de uno.

Para expresar el lado individual de las sensaciones, la preceptiva tradicional ya conoció muchas figuras que producían, cuando eran nuevas, esta impresión: la metáfora que consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado en virtud de una comparación tácita, o la metonimia que designa una cosa con el nombre de otra, tomando el efecto por la causa, o el signo por la cosa significada, como por ejemplo citar el laurel para designar la gloria, o el hipérbaton que altera el orden lógico de una frase, para enfatizarla de alguna manera. Todas estas figuras se siguen explotando ahora, pero los artistas contemporáneos han buscado y encontrado nuevas formas que se basan en el simbolismo o en el irracionalismo verbal y operan sobre la lengua para modificarla, para individualizarla según la capacidad expresiva del poeta.

Hay una segunda ley, la llamada por otro nombre externa, que Bousoño designa como ley del asentimiento. El asentimiento literario es distinto de la simple aquiescencia intelectual hacia lo que se nos propone. Se trata de que el lector en un juicio implícito acepte una representación psíquica como legítimamente concebida, en contraste con el chiste que transparenta representaciones erróneas. No es preciso compartir las creencias del poeta para gozarle, basta con que esas creencias que se expresan en su ejercicio nos parezcan posibles en un hombre maduro y responsable.

Por lo tanto individualización de la lengua y expresión de un contenido psicológico son las dos claves principales de la expresión literaria que llamamos poesía. Ambas permiten, repito, la sugestión de que nos encontramos con una información interior única, como en la realidad ocurre con las sensaciones de cada uno.  Creo poder aplicarlo ahora a la ciencia en general y a la medicina en particular, en un discurso que tendrá que ser incompleto y seguramente imperfecto pero que me otorga el consuelo de saber que el otro nombre de lo imperfecto es precisamente el de lo perfectible.

En Colección particular, libro de 2002 dedicado a la pintura,aparece el primer ejemplo que voy a comentar. Se trata de un largo poema narrativo titulado Lección de anatomía que luego tuve la satisfacción de ver reproducido, gracias a la amabilidad del profesor Hernández Guerrero,  en la revista Speculum, vinculada a la Facultad de Medicina de Cádiz.

La lección de anatomía del doctor Nicolás Tulp fue inmortalizada por el maestro Rembrandt Van Rijn. Ya se ha mencionado que el proceso de particularización era clave en la búsqueda de la expresividad literaria pero  esta vez el asunto elegido me abría su raíz más sincera, pues es verdad que el arte traduce a la persona.

En este ejemplo, el narrador, es decir quien se debe suponer que habla, es el propio Rembrandt, uno de los tres o cuatro mayores pintores de toda la historia y el poeta hace el ejercicio de introducirse en su pensamiento. Por eso la composición empieza con una frase distante: El gremio de cirujanos, esa gente ignorante de baja educación…pues aún la cirugía no se había acreditado ante la sociedad aunque se encontraba en el momento histórico de emprender el gran salto de calidad y precisamente este magnífico lienzo nos da testimonio de ello. Invitado por el gremio de cirujanos, el doctor Tulp llega a la ciudad para impartir una clase práctica utilizando el cadáver de un ajusticiado.

Entonces, imagino al maestro holandés en tres momentos diferentes; en el primero se ocupa de su pintura, de la mejor composición del lienzo. El presente etimológicamente significa lo que presiona y el instante quiere decir lo que insta y el hombre Rembrandt primero tenía la presión de acometer su trabajo aunque a continuación quedara subyugado por el arte del cirujano:

Con el delgado escalpelo
fue abriendo los secretos del cuerpo derribado
alcanzando cada una de sus zonas  
igual que un explorador alcanza las penínsulas:  
los riñones de donde toma el agua su color de oro,
el hígado oscuro que limpia la sangre
para enviar su ración a cada uno de los miembros
y da primeramente al corazón, príncipe de la vida
y después al cerebro,
rector de los impulsos animales
y más tarde a las zonas de ayuso,
formadas para la virtud engendradora.

Como buen artista, se da cuenta de la finura y de la dificultad del trabajo del doctor Tulp, de su cuidado para no mutilar en lo posible el cuerpo del ejecutado, evitando por ejemplo cortar haces de músculos que pueden separarse:

Vi cómo se valía de las pinzas y las legras,
con qué seguridad desataba las vainas de tendones
y por un momento estuve hipnotizado con su arte.

Pero a la vez se da cuenta de que por mucho que progrese la medicina siempre tendrá  límites infranqueables, pues el cuerpo humano, bazar de cristales y de maravillas está sometido a la caducidad de toda carne y la muerte, según reflexiona, le despojará del finísimo tallo del pensamiento.

Y es en este instante cuando se aborda el tercer tiempo del poema. Rembrandt es un artista y se ha fijado en la destreza de la prestigiosa autoridad que ha sido invitada y ha llegado de fuera. Pero relajado de los primeros estímulos, al final cae en la cuenta de lo que probablemente es lo más importante. Se pone a pensar en el sujeto pasivo de la elegante lección de anatomía, en la persona concreta que yace sobre la mesa de mármol, en el ajusticiado, en definitiva un hombre como él:

Seguramente le habían sido concedidos días felices
en la madeja oscura de la vida.
Imaginé los haces de músculos moviéndose como émbolos  
entre las fuertes columnas de sus huesos y piernas,
su boca regocijada por el vino  
y los ojos abiertos tan solo unas horas antes  
hacia el milagro de las formas y de los colores.
Imaginé una vida desdichada y violenta pero única,  
malgastada al final por la estulticia,
la turbadora verdad
desatendida del juicio de los hombres
que persiguen su sentido locamente  
por un camino sin salida, equivocado.

Si mirásemos las cosas con profundidad, ¿no tendríamos compasión hasta de las piedras? Desde luego la tendríamos que tener de los seres vivos y especialmente de los hombres que con nosotros comparten esta experiencia temporal incomparable, a la que llamamos vida.

Ahora resulta natural trasladarnos a El canon de medicina que de forma monográfica se dedica a asuntos relacionados con ciencia, medicina y farmacia, mayoritariamente desde su enfoque histórico pero sin olvidar otros aspectos.

Medicina y farmacia habían estado presentes en libros anteriores como hemos visto en el ejemplo de Rembrandt y podríamos exponer algunos otros más como La rosa de los hospitales, del libro En el tiempo intermedio o en sentido amplio Jesús cura a un leproso, publicado en el libro titulado Los pies del mensajero. Me centraré sin embargo en “El canon de medicina” por aplicarse allí este particular prisma de la expresión literaria al campo de las ciencias biomédicas.

El libro obtuvo el premio Juan Bernier y fue publicado en la colección Arca del Ateneo, patrocinado por la diputación de Córdoba, en 2006. Consta de tres partes dedicadas respectivamente a la edad antigua, la época medieval y la era contemporánea. Estas tres partes van enmarcadas entre un poema inicial sobre el juramento hipocrático y un epílogo de corte intimista sobre la condición de enfermos que todos experimentamos en algún momento de nuestra trayectoria humana.

LA MEDICINA ANTIGUA

Examinaremos a continuación algunos ejemplos de medicina antigua; el primero se refiere a Erasístrato de Julis que fue un médico griego formado en la Escuela de Alejandría unos trescientos años antes de Cristo y que destacó por sus investigaciones sobre el cerebro humano  que él pudo comparar con cerebros de animales, relacionando con acierto la mayor complejidad de las circunvoluciones con la superior inteligencia de los hombres.

En las Vidas paralelas de Plutarco se relata la extraña enfermedad de Antíoco I, hijo del rey de Siria. Esta enfermedad muestra sus primeros síntomas poco tiempo después de que su padre hubiera contraído nuevas nupcias con la joven y bella Estranótice. Se conserva una imagen del médico, acompañado por un discípulo, en un manuscrito de la escuela de Bagdad de 1224 que se puede encontrar en el Freer Gallery of Art de Washington. Muchos años después el pintor francés Jacques Louis David pinta un gran óleo sobre lienzo en el que el médico griego llamado por el rey de Siria a restablecer la salud de su hijo señala a la culpable de sus males, la bella esposa del monarca. Ahora puede seguirse fácilmente el poema que lleva un largo título en contraste con la brevedad de su ejecución:

Erasístrato descubre la enfermedad de Antíoco.

Con un dolor muy dulce
que no parece acaso el suyo
pero es propio y la nostalgia decide
y labra el pulso de los suicidas
yace Antíoco, el príncipe,
y nadie duerme alrededor
y nadie sabe
de qué mal sufre su fiebrura.

No sea desagradecido el pensamiento
del más bello anhelo que adivina
en la mujer amada a la madrastra.
Oh celebérrimo doctor, sé cuidadoso
mira a quién miras
cuando el enmascarado amor descubres.

Como segundo argumento voy a comentar La medicina del emperador amarillo. De qué manera se puede abordar en un poema la milenaria ciencia china que hunde sus raíces en el Tao y en Confucio. Una ciencia que resulta inaprensible incluso para una tesis doctoral. De nuevo era necesaria la individualización y conveniente la posibilidad de centrarse en un detalle concreto. Existía en esa cultura una práctica perturbadora; el vendaje de los pies a las niñas de familias acomodadas para procurarles, a costa de sufrimientos y finalmente de la cojera, el arquetipo de la belleza femenina consistente en la posesión de unos pies pequeños.

Los vendajes bien apretados juntaban el calcáneo con la parte anterior y desarrollaban por tanto un pie zambo artificial. El llamado loto de oro era pues un moldeado terrible que dejaba a las mujeres supuestamente bellas pero, en todo caso, tullidas y aún nos sorprende que durante un milenio esta costumbre haya tenido lugar en la tierra del dragón y del tigre.

El sufrimiento no es general sino que consiste siempre en el sufrimiento de una persona particular y a ella, en medio de los suntuosos símbolos chinos, iba dedicada la composición:

Otra cosa no temes sino divisar los vendajes,
pequeña muchacha china sin el loto de oro.

Y en otro momento:

El talismán de fuego entre las cacerolas
restableció el equilibrio de las fuerzas contrarias
en los idiomas antiguos de la noche sudeste
que conoce el balance de la naturaleza
y vino la sombra hasta la habitación lujosa
por donde el sol se colaba como una cancioncilla.

Y al final del poema se le habla a esta niña con un lenguaje directo que nos permita sostener la ilusión de cercanía:

Ahora entrégate a los sueños que propician los opios
y al dedo humedecido por la saliva estragada
que yo estaré a tu lado para hacerte compañía
y no violaré nunca los secretos del Tao.

Sigamos adelante; en la formación de Asclepio, hay un canto al origen mítico de la medicina y una metáfora sobre su enseñanza. El mejor lugar en que un médico griego podía establecer su consulta era en las proximidades de un templo dedicado a Esculapio, en el caso de que hubiera alguno en la zona. Su atributo es una serpiente enrollada en un bastón; la vara de Esculapio de la que seguramente deriva nuestro símbolo farmacéutico con la culebra que deposita su veneno, también su protomedicina, en la copa. A los estudiantes se les enseñaba que la naturaleza no debía ser contrariada y se les impulsaba a buscar en el reino vegetal los remedios escondidos. Por eso en el poema hay una alusión a Apuleyo, compilador del herbario.

En Cornelio Celso habla con su médico se encuentra una reflexión personal sobre el final de la vida que sin dejar de ser triste quiere ser lúcida, pero siempre nos parece que una historia de las formas de meditación sobre la muerte coincide con una historia de la filosofía. De todas formas la muerte, ese poco profundo aunque calumniado arroyo, como dijo de ella el filósofo existencialista cristiano Gabriel Marcel, está presente como una obsesión en lo que nos queda del antiguo país de las riberas del Nilo.

Heródoto llamó a los egipcios los hombres más sanos de toda la tierra y por el contrario varios lustros más tarde Plinio escribió que Egipto era la tierra de todas las enfermedades. No sé cual de los dos estaría más acertado pero lo que está claro es que esta magnífica civilización no puede entenderse sin conocer bien su actitud hacia la muerte, posiblemente la primera asociación que se nos viene a la cabeza cuando se habla del país norteafricano.

También en el más allá estará brillando
la estrella de la noche que te acompañaba

El “canon” contiene este poema titulado Anubis pesa tu corazón en la balanza que trata sobre el paso por esa misteriosa puerta, tan estrecha que todos tenemos que atravesarla en soledad.

Los hijos de Horus ya habrán llegado
y el propio perro guardián de la salud
con su cabeza de halcón y el brazo extendido
entrará contigo en las estancias secretas
donde Anubis pesará en una balanza
el resultado de las obras buenas y las malas
y el oro de tu corazón será lo decisivo
como un sol declinante, asequible de pronto.

Las deidades egipcias, de una u otra forma estaban asociadas con la salud y la enfermedad. Es posible que la palabra alquimia tenga su origen en la antigua denominación del país como “Chem”. No lo sabemos pero sí estamos seguros de que la farmacopea egipcia era muy amplia y que muchos de los medicamentos y plantas que después ocuparon un lugar destacado en la materia médica de Dioscórides o de Galeno tienen su origen en el trabajo de médicos y farmacéuticos egipcios. Precisamente la palabra Pharma-ki que ha puesto título a las ediciones literarias de la Asociación Española de Farmacéuticos de letras y Artes aparece en  un papiro como posible origen del nombre de nuestra profesión.

Vayamos a otra cultura; durante el primer siglo posterior a Mahoma, tuvo lugar la expansión del Islam y con ella el resplandor de la medicina árabe. El papel que la farmacia jugó en esta zona queda patente en el gran número de términos químicos derivados de su lengua, entre ellos alcohol, álcali, elixir, alambique o jarabe. La farmacopea árabe fue muy abundante. A pesar de que los médicos continuaron preparando sus propios medicamentos, la farmacia como profesión independiente fue ampliamente respaldada por los gobernantes.

Además de que el libro toma su nombre del canon de Avicena, se incluye en él un texto titulado La fiebre de Al-Bekrí  en el que su protagonista se pregunta por los remedios que le prescribirán los sabios nazaríes contra las injurias de aquellas blancas fieras de la fiebre.

La primera parte de El canon se cierra con tres miniaturas antiguas, únicos ejemplos en los que aparece la rima en este libro. He aquí la primera de ellas.

La palma de los mártires
limpiaba las heridas,
leche pura de vírgenes
para devolver la vista,
-bárbaro Bizancio,
misericordiosa Siria-

Pues en los libros antiguos, hay más de una representación del uso de la leche de madres o vírgenes en Asia Menor para tratar las afecciones de la vista.
 

MEDICINA Y FARMACIA EN LA EDAD MEDIA

Esta sección del libro se abre con un poema dedicado a los patronos de la medicina, los santos Cosme y Damián; se ensaya en él un lenguaje barroco aunque el mensaje primordial es el homenaje al ejercito innumerable de las personas que dedican su tiempo al cuidado y alivio de la enfermedad y en esta ocasión además, a la incipiente organización y mejora de los hospitales.

Los hermanos y médicos Cosme y Damián, nacidos en Arabia, fueron decapitados por el gobernador de Cilicia hacia el año 300, bajo la persecución del emperador Diocleciano. La espada que según la tradición intervino en el martirio figura en el escudo de la ciudad de Essen al menos desde 1473. En estos dos patronos de la medicina, que también lo son de la farmacia y de la cirugía, quiero representar el ejercicio de todos los cuidados de la salud que convierte a las mujeres pordioseras en bellas a los ojos de la misericordia.

Por otra parte en la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, se cuenta el portento del transplante de la pierna de un moro a un hombre que tenía la suya gangrenada. Es un episodio repetido en la iconografía cristiana que me ha llevado a ser testigo en algún museo, de consideraciones equivocadas sobre el presunto racismo de nuestros patronos o lo que es peor del daño realizado a un hombre para aliviar a otro. Nada más lejos de la realidad pues lo que cuenta la tradición es que la pierna morena se obtuvo de un cadáver recién enterrado. Bien es verdad que en la pintura primitiva no es fácil la representación inequívoca de un hombre muerto y los observadores críticos a los que hago referencia podían no haberse percatado de la diferencia.

Avancemos otra página; el científico alemán del siglo XVII Franz de le Boe fue conocido como Franciscus Sylvius por la latinización de su nombre, es decir Francisco de los bosques o de las selvas. Ejerció preferentemente en Holanda e intentó comprender la medicina en términos de unas reglas universales físico-químicas que él quiso encontrar. Sustentaba la creencia de que todos los procesos vitales y consiguientemente las enfermedades se basaban en reacciones químicas. Llegó a ser vicerrector de la Universidad de Leiden y fundador de una escuela yatroquímica.

En El canon de medicina, dentro de la pura ficción literaria, se le imagina en su edad primera, como a un joven obsesionado por la pasión científica y delatado por la preocupación de su madre al escuchar las recomendaciones de los vecinos que ven al joven introducirse en caminos peligrosos, posiblemente perjudiciales para su salud mental y física:

En la composición se refleja la duda de su progenitora sobre la capacidad de su hijo para acometer la tarea descomunal de descubrir los secretos de la ciencia y del mundo y la desconfianza ante sus supuestos avances.

Dices que el secreto descubre sus primeros vestidos
y que las horas tempraneras del alba
desvanecen la oscuridad que los siglos construyen,
la mano de desolación que arruina la existencia
y la docta ignorancia de tus compañeros
pero yo no creo que tu genio sea suficiente
para hacer reposar al mundo entre tus brazos.

Pero sin vocación no puede haber ciencia y la juventud es la edad de la entrega sin medida a cualquier causa justa. Yo pienso que todos los miembros de esta casa saben que la investigación es un licor suave que termina embriagando al que lo prueba.

En el texto siguiente, nos encontramos después de una cruenta batalla, en el silencio de las tiendas en el momento en que un soldado observa a un médico depositando el moho del pan fermentado sobre las heridas de los caídos. Muchos siglos antes de Fleming, una observación como esta se pudo repetir, sin que tuviera una trascendencia general, sin que engrosara el campo de los descubrimientos científicos.

Jamás como esta noche se define el silencio
por los suelos;
va a clarear la aurora
y un galeno se acerca y aplica en las heridas
el moho de los panes,
la harina fermentada en la carne que hiede
porque esta nueva estrategia
puede mejorar la fiebre
y auxiliar a los bravos soldados que cayeron.

Un día lejano a este episodio fingido, al volver de sus vacaciones, Fleming sintió curiosidad por el deterioro del crecimiento de sus bacterias en una de sus placas. Pudo haber tirado la placa a la basura pero inició una investigación con el resultado que todos conocemos.

Sigue después un retrato del boticario, en el que por razones obvias debo detenerme con mayor pausa. Temo no haberme alejado suficientemente de los tópicos que enmarcan el ejercicio de nuestra profesión en esa época. La botánica es una disciplina humanista, la farmacia también. Me encuentro en una docta institución que celebra en este 2011, el quinientos aniversario de “La Concordia apothecariorum Barchinone” y si esta estampa que voy a leer a continuación pudiera servir como heraldo, me hubiera gustado que no hubiera volado ni un instante a ras del suelo.
 
Nace el erisimo en torno a las ciudades
y por los riachuelos y las huertas
donde muere el sol cárdeno. Mézclase
en las medicinas para alcoholar la voz
de los viejos maestros y ofrécese
cuando ya no hay remedio, a los enfermos.

Vuelan las aves nativas al encinar
donde acaso él encontró la blanca espina.
Los cerros humildes, diríase que vacíos,
contienen tesoros de verdor para sus ojos,
remedios ternísimos que aguardarán la muela
y raíces ocultas con todos los secretos.
De la pequeña mostaza brota la salvación
que será aplicada contra el bazo crecido.
La harina de cizaña, pulida en los trigales,
atajará las llagas que pacen a la carne
y toda la larga custodia de los locos
pasará por aquí a la distancia exacta.

Para reprimir las efusiones de la sangre
usará un cocimiento abreviado de artemisa
y tres dracmas de zumo incorporadas con vinazo
y para purgar la flema y la cólera rojiza
empleará remedios que solamente él conoce.

Serán colocados al pie de los anaqueles
sobre la mesa de los libros y los pliegos
con los cedazos finos y el espatulero
inclinado hacia las horas dulcemente.
Serán colocados por él con movimientos lentos
para no dejar impurezas en las mezclas
subordinando el conocimiento al servicio del arte
más allá de los límites que la ciencia declara.

Hablo del boticario y de su estampa
a la luz opaca de los cristales viejos,
fijamente sentado en el respaldo antiguo
con toda la sabiduría a ras del cuerpo.
Hablo del boticario; blancas manos,
rala barba y todo el orbe
ardiendo en las redomas donde habita.

La Sevillana Medicina que trata el modo conservativo y curativo de los que habitan en la muy insigne ciudad de Sevilla, la cual sirve y aprovecha para cualquier otro lugar de estos reinos, es un libro curioso, escrito en castellano y no en latín por Juan de Aviñón hacia el final del siglo XIII  y  publicado en el año 1545 en la imprenta de Andrés de Burgos. De esta edición príncipe que se debe al cuidado y la preparación del licenciado Nicolás Monardes, se conservan solo once ejemplares.

Los libros antiguos disponibles en primeras ediciones tienen un atractivo extraño por su rareza. Su lectura, especialmente cuando están escritos en caracteres góticos, resulta penosa y por eso se agradecen las ediciones facsímiles que añaden una trascripción literal. Su valor consiste, como afirma Francisco Guerra, en que ofrecen datos fehacientes que pueden reinterpretarse en forma paralela al progreso de la medicina.

El texto instruye sobre la naturaleza y calidad de cada una de las bebidas y alimentos que constituían la dieta habitual de su tiempo. Naturalmente cuando fue redactada se desconocían los alimentos que habrían de llegar a Sevilla procedentes del continente americano pero la materia tratada es suficientemente ilustrativa de cómo se entendían las cosas en un momento determinado sobre la medicina, la farmacia, la higiene alimenticia o la salud de la vida sexual.

El simple título del capítulo 53 por ejemplo, leído en nuestros días resulta profético. Si puede empreñar el hombre a la mujer sin haber talante de ella. Parece que sí.

Pero la lectura de un párrafo de este enigmático enunciado no deja lugar a interpretaciones descabelladas.

La simiente que va en aquel miembro de la mujer es causa del concebimiento; mas la simiente del varón puede ser de entrar allá sin talante, y así como acaeció al que tiene la dolencia que es llamada gonorrea, que quiere decir lanzamiento de simiente a menudo sin talante; síguese que bien puede empreñar el varón a la mujer sin talante.

Ante semejantes posibilidades expresivas abordé un largo poema titulado la ciencia del doctor Aviñón y me ceñí al capítulo 15 que trata sobre la carne del carnero para comenzar con la siguiente estrofa introductora:

De entre las muchas animalías
que andan a cuatro patas por los montes
el carnero es la más noble según creo.

Una retahíla de ejemplos pone el punto final a esta sección. Son diez poemas breves, en los que predomina un tono irónico sobre aspectos, variados y procedentes de la historia, de la pura imaginación y de la práctica profesional. Los curanderos, los sanadores, ¿eran meros charlatanes que se aprovechaban de la buena fe y de la necesidad de la gente en un tiempo sin acreditación de las profesiones sanitarias y sin apenas vigilancia de su ejercicio o eran también personas de buena voluntad que quería ayudar a sus contemporáneos?

Puso sobre su mano una piedra preciosa
como un pájaro bello
posado en la ventana,
luego vio cómo el curandero
entraba decidido en la habitación de su hijo.

Y este esbozo de historia queda aquí truncado para que cada uno de los lectores pueda completarlo con su imaginación.

Cuando fallan los medicamentos, en la orfandad terapéutica, ¿hay quizá otras posibilidades? Seamos cautos y sigamos la antigua sabiduría:

Lo que con medicamentos no se cura,
se cura con el cuchillo.
Lo que el cuchillo no puede,
lo puede el fuego,
pero lo que el fuego no puede curar
se dice incurable.

Teorías bizarras, equivocadas pero intuitivas y sugerentes convivían con la realidad y tangencialmente la tocaban:

Aristóteles, discípulo de Platón,
padre de la anatomía
creía que con los sueños se podía presagiar el futuro;
Filipo lo contrató para la educación de Alejandro

Cinco someras líneas a continuación, reflejan un pequeño asunto de anatomía, como podían haber reflejado posiblemente otros muchos.

Se llama glotis la hendidura
que separa las cuerdas vocales;
tres músculos las aproximan y otros dos
sirven para ponerlas tensas.
¡ Qué cuna tan humilde para las palabras !  

Ninguna epidemia ha causado tantas víctimas ni ha sembrado tanto terror entre los siglos XIV y XVIII  en Europa como la peste negra. Con ese título escribí un texto dentro del ciclo de El canon que finalmente tuve que excluir del manuscrito para no excederme de la extensión permitida en las bases de presentación de los concursos. Por esa razón el poema, que contiene 71 versos, ha permanecido hasta hoy completamente inédito y me satisface poder reproducirlo por primera vez  en los anexos que acompañan a la edición de este discurso.

Para empezarlo recordé una frase de Albert Camus, quien se sirvió de la epidemia de Orán para escribir el mejor libro posible sobre la honradez profesional:
 
Y que quizá llegaría un día en que para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría otra vez a sus ratas y las enviaría a morir en una ciudad dichosa.

La farmacopea antigua se vio desbordada e impotente para enfrentarse a tan poderoso adversario:

Uno a uno todos los remedios fueron probados;
plantas y amuletos, el ácido prúsico, el talio o el fósforo
y los frutos más extraños que se obtenían de la tierra,
aunque la bacteria derribara siempre las empalizadas
y la muerte exigiera completo su tributo.

 Ante un reto tan descomunal como el de esta epidemia, algunos médicos retiraron su  santo lenguaje y huyeron atemorizados de la enfermedad, pero otros muchos ofrecieron sus días y sus vidas y se encaminaron a una presencia heroica que superaba sus fuerzas y sus conocimientos. Siempre es así puesto que el mal somete a prueba el valor de los hombres. No podemos despreciar a los que se fueron puesto que ya se sabe que la carne es débil, pero sí debemos ensalzar a los que se quedaron  que con su valor nos enseñan que el espíritu es capaz de sobreponerse al infortunio.

MEDICINA CONTEMPORÁNEA

Comienza esta tercera sección con La mirada  de los rayos X. He aquí el descubrimiento de una nueva onda electromagnética que atravesaba diversos materiales aunque no todos y que era absorbida en gran parte por los metales, según la densidad de éstos. El hallazgo se debe a Wilhelm Roentgen quien constató que esta radiación podía atravesar su propio interior y mostrar sus huesos. “¿qué pensaran mis colegas de estos rayos X que a diferencia de la luz o las ondas ultravioletas o incluso hertzianas pueden revelar las partes ocultas del cuerpo humano?” se preguntó el físico alemán que sería galardonado en 1901 con el primer premio Nóbel de física.

Una noche, después de cenar, Roentgen le pidió a su mujer Berta que le acompañara al laboratorio pues quería mostrarle un descubrimiento. Ella estaba contenta de verle sonreír tras haberle visto ensimismado y preocupado durante mucho tiempo y así lo hizo. Una vez allí, él le pidió que colocara su mano izquierda sobre una placa fotográfica que se encontraba aún en su correspondiente caja de madera. Entonces encendió la corriente del tubo de Crookes. Cuando a continuación reveló la placa, se la entregó diciendo: esta es la imagen de tu mano que ha hecho mi nuevo rayo X. Ella asustada contestó:

¡Dios mío, estoy viendo mi propia muerte!

Así pues el descubrimiento de este ojo agudo que rápidamente acaricia el valle de los huesos y de las sombras, fue antecesor de la gran medicina diagnóstica de nuestros días y mucho más modestamente inspiró este poema de tres párrafos en el que la referencia personal la da al final el propio narrador:

Este suave rayo toca nuestra frágil materia
y su voz es discreta.
No pasa desapercibido sino que ostenta
mi retrato interior para la muerte.
Percibe una mancha, un leve matiz que me preocupa
pero no será importante.
Será un falso testimonio,
algo que no se confirme
o el esquinazo
de la raíz vulnerable de mi vida.

En 1275 nuestro Ramón Llull descubrió que al mezclar ácido sulfúrico con alcohol y a continuación destilarlo, resultaba un líquido blanco, dulce, al que llamó vitriolo, como derivación del sulfúrico. Había descubierto el éter, el primer anestésico cierto, aunque no hay constancia de que se utilizara como tal hasta Paracelso quien lo empleó a principios del siglo XVII para aliviar el dolor, pero no para la anestesia dental o quirúrgica.

En el desarrollo de la anestesia, otro descubrimiento importante fue el de Joseph Priestley, químico inglés y pastor metodista, que descubrió el óxido nitroso, el famoso gas hilarante que inauguró la medicación anestésica por inhalación de gases. Para ello fue fundamental el trabajo de un aprendiz de cirujano-farmacéutico llamado Humphrey Davy. Él inhaló a los 17 años el óxido nitroso y se sintió de pronto tan alegre que prorrumpió en carcajadas.

Davy era también por cierto un notable poeta, hasta el punto de  que Coleridge comentó que, de no haber sido el químico más grande, hubiera sido el mayor de los poetas ingleses. Desconfíen ustedes de este tipo de afirmaciones categóricas pero lo cierto es que otro escritor inglés renombrado como fue Wordsworth, el de esplendor en la hierba, pidió al propio Davy que hiciera una segunda edición de sus Baladas líricas.

Con estos y otros antecedentes, el Elogio de la anestesia estaba ya trillado. Ni por un instante podemos hacernos cargo de lo que sería una intervención quirúrgica sin anestesia y causa pesar la consideración de que esa fue la situación habitual hasta bien entrado el siglo XIX.

Se trataba nuevamente de individualizar el escenario. No escribir sobre la anestesia en general sino sobre la anestesia de alguien, por ejemplo de la persona querida:

En la primera hora de la mañana
cuando la anestesia te coloque dulcemente en el sueño
y te ponga a reposar como a una reina,
como a una nueva madonna de ojos claros
no temas…

Sigamos; Pacientes curados por la palabra se refiere ahora a la psicoterapia y a la psicología clínica. Cada una de sus estrofas va encabezada por una frase latina, la última de las cuales Non herba sed verba creo que merece un comentario.

En las cuevas del magdaleniense, las madres aliviaban los miedos de sus hijos con voces y susurros y hoy en los apartamentos de los rascacielos de Nueva York, las madres calman el miedo de sus bebés también con palabras.

Nosotros, farmacéuticos acostumbrados a trabajar con hierbas, con medicamentos, que conocemos los nombres de la farmacopea, de los productos homeopáticos, nosotros también, sí, nos  relacionamos con palabras.

Y sabemos perfectamente que las palabras pueden curar o al menos colaborar en la curación. Puede parecer que siempre que hacemos uso de ella somos en alguna medida, retóricos, es decir vendedores de algún producto, deseosos de convencer de algo a alguien. En todo caso si hacemos uso de la palabra es porque somos humanos.

La palabra persuasiva es descrita en los tratados griegos de retórica como phármakon es decir como medicina. La palabra que acompaña, la palabra que cura, la palabra con la que consolamos, con la que tranquilizamos.  A ella va dedicada el poema:

Para el remedio de mis males traje
tu augusta palabra, el tono cálido
que se desdobla y nunca ofende
y va poniendo en orden poco a poco,
el filo de los lápices del bosque,
el color rosado de los atardeceres
o esa negra desdicha que me invade.

Pero avancemos otra página más y hagamos una incursión en el método de la ciencia.

El científico sabe que los principios necesitan ser constantemente replanteados. Es la suya una mente tan modesta como orgullosa. Tiene el orgullo de haberse emancipado de toda obediencia intelectual y a la vez la modestia de someter todas sus hipótesis de trabajo a una rectificación continua.

En el poema titulado El rigor en el método hay una alabanza retórica del procedimiento científico que permite el progreso de la medicina. Dado que su desarrollo es ya una tarea colectiva, en esta ocasión se evita el procedimiento expresivo de la individualización y puede que eso tenga un precio desde el punto de vista de la calidad literaria. La poesía no es el mejor instrumento a la hora de conceptualizar la realidad. Aquí se proclama que la mano científica es inequívoca puesto que permite una suerte especialmente segura de conocimiento que se basa en la experimentación, en la crítica y en la reproducibilidad. Es también una mano falible puesto que se ha equivocado muchas veces y es una mano que, en mi opinión personal, nos permite soñar con otra luz vedada que nunca dejará de brillar hasta el ocaso. Vaya esta página del canon como un homenaje a las academias científicas definidas en tantas ocasiones como templos del conocimiento.

Por su parte, en el lugar de las visiones es un poema que se relaciona, como diría Dámaso Alonso, con los gozos de la vista y a la vez con los esfuerzos de la ciencia por su mantenimiento y su recuperación. La letra dirá que en primer lugar los hombres, cuando vieron que la vista se extraviaba, cuando vieron que por ejemplo se enturbiaban los mensajes grabados en los libros, intentaron restituirla con lupas, con vidrios y con lentes. Pero luego sucedió algo terrible. Un docto cirujano pensó que era preciso intentar lo que parecía imposible, abrir el santuario del ojo, sajar el cristalino, perforar las trabéculas y drenar los canalículos que llevan las imágenes. ¡Qué iniciativa tan audaz! Imaginemos por un momento lo que estamos diciendo aunque por el camino los fracasos tuvieron que ser numerosos. En el cuaderno de Ana Magdalena, la esposa de Juan Sebastián Bach cuenta cómo su marido, antes de quedarse ciego, esperó mucho tiempo la llegada de un famoso cirujano, pionero en esta técnica que operó al maestro sin éxito.

Finalmente nos encontramos con la poesía titulada irónicamente Medios de diagnóstico en el que no se habla de la medicina o de la farmacia, sino de nuestro miedo, tan comprensible, tan refinado, tan unido al de todos los hombres, a caer enfermos.

Si ves en el horizonte cierto cuervo volando
y si al caer la tarde un gato negro te aguarda.
Si al entrar en la casa, el portero
ceremoniosamente pone la mano sobre tu hombro,
entonces…

 Si hay un silencio opaco en el hall y el teléfono
suena inacabable en la sala,
si no rezuma hasta tu habitación
el alegre bullicio de la calle,
si en la agenda olvidada
descubres el sentido de un verso extraño
que una vez escribiste,
entonces…

entonces ponte en guardia, fortalécete
porque puede que la enfermedad te visite
cubierta de corolas imprecisas y de sombras
y vaya rodando por todas tus estancias
desbaratando los proyectos, dañando la madera,
secando el agua de tu frente curtida.

Salud y enfermedad, he ahí las dos condiciones que sobrellevamos en nuestro itinerario. Ocupan el lugar primero en el ejercicio profesional como una representación que nos prepara. El hombre moderno no puede debilitar el vínculo que le une a la vida. Si este se ha deteriorado, hay que rehacerlo desde una persona a otra; no necesariamente en planos ambiciosos sino en la atención y en la compasión. No se trata de hacer un sacrificio obligado ni de que todos hagan lo mismo en cada ocasión sino que se trata de escuchar nuestra voz profunda, la que nos permite entrever que el sentido no está ausente de nuestra vida sino que se deja adivinar como un sutil contrapunto en el envés del tapiz, y después actuar en consecuencia.

En un ensayo publicado en 1958, Francisco Marco escribe: Pero nosotros no podemos ahora detenernos a considerar en qué manera nuestra cultura está enferma, hasta qué punto las enfermedades del hombre dependen de la enfermedad social y cómo es posible esterilizar este terreno patógeno. También cae fuera de toda previsión considerar, dada la forzosidad de enfermar del hombre, hasta qué punto y al margen de todo adelanto técnico pueden surgir nuevos agentes patógenos. Quede tan solo ante estas perspectivas la posibilidad contradictoria de nuestro optimismo y de nuestro pesimismo. Pero también la certeza de que el hombre no alcanzará la inmortalidad terrena, y que la muerte seguirá sirviéndose, como anuncio, de la enfermedad.   

Utilizamos de nuevo las palabras de Camus hacia el final de su crónica de la peste y su testimonio de lo que fue necesario hacer a pesar de los desgarramientos personales. Lo que hicieron todos aquellos médicos o farmacéuticos o enfermeros que no pudiendo ser santos se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan por eso en combatirlas.

Mientras tanto nos queda cumplir nuestro deber profesional, nuestra lucha contra el sufrimiento y ser capaces de recordar que la conducta humana presenta dos factores complementarios pues es una conducta a la vez influida e influyente que opera sobre los demás. No es necesario aludir al conocido efecto mariposa; ya lo sabemos, una mariposa bate sus alas en un punto de la tierra y desencadena un huracán en el otro extremo. José María Cabodevilla lo expresa con gran plasticidad y afirma que toda acción del hombre se multiplica en sus semejantes porque también la vida moral es profundamente social. Quizá sea necesario inculcarlo con insistencia: Si tú caminas, ellos corren, pero si tú vacilas, ellos se detienen. Si tú no das de lo que es tuyo, ellos se apropiarán de lo que no es suyo, pero si tú entregas el manto que te sobra, ellos se desprenderán del único manto que poseen.

Nuestro libro termina pues con un homenaje a todos los cuidadores de los enfermos y en él se afirma nuestra constante relación con cada hombre porque la compasión es una tarea que la humanidad nunca podrá  olvidar. En el libro que he presentado, en el canon, el proceso de individualización llega por fin hasta mí mismo con el texto de cierre. Su título: Yo me llamo tú, aunque me llames Jose. No creo necesario comentarlo ahora; pertenece a otro ámbito pero me deja unas palabras para poner el punto final a este discurso:

Todos los hombres me acompañan
al vivir, y al recorrer
los días que me fueron entregados
pienso en ellos,
tan iguales a mi, tan transparentes
que me pertenecen.

Yo les pertenezco;
su dolor, su sufrimiento son los míos
y hasta soy capaz de pensar
lo que quisiera decirles
si las circunstancias nos pusieran
frente a frente.

 Muchas gracias a todos.

 

BIBLIOGRAFÍA

Teoría de la expresión poética.- Carlos Bousoño.- Editorial Gredos.- Madrid 1976.- 2 volúmenes (610 y 510 páginas)

El canon de medicina.- José Félix Olalla.- Arca del ateneo, nº 44.- Córdoba 2006.- 57 páginas

Historia de la medicina.- Lyons y Petrucelli.- Doyma libros.- Barcelona 1994.- 615 páginas

Sevillana medicina.- Juan de Aviñón.- Rembrandt Editions SA.- Zaragoza 1995.- 178 páginas

Los diez mayores descubrimientos de la medicina.- Meyer Friedman y Gerald Friedland.- Paidos Ibérica.- Barcelona 1999.- 285 páginas

La sopa con tenedor.-  José María Cabodevilla.- BAC. Madrid 2001.- 396 páginas

Ensayos médicos y literarios.-  Francisco Marco Merenciano.- Ediciones Cultura hispánica.- Madrid 1958.- 563 páginas

Colección particular.-  José Félix Olalla.- Arteinfantas, Furprinting.- Madrid 2002.- 87 páginas

La pequeña crónica de Ana Magdalena.- Ana Magdalena Bach.-  Editorial Juventud.- Barcelona 1993.- 187 páginas

La peste.- Albert Camus.- Edhasa.- Barcelona 2004.- 285 páginas

ANEXOS

1º El canon de medicina
2º Lección de anatomía
3º La peste negra